La dignidad se llama Agustina

Foto: https://unsplash.com/

Se llama Agustina, nombre que ha sido cambiado por razones de seguridad, evitar el acoso y la estigmatización por hacer uso de su derecho a reclamar. Mujer negra digna de esa tierra de cimarrones, en donde una esclava con este nombre fue abusada por un hombre blanco que quería obligarla a abortar. La forma que encontró para responder al atentado a su dignidad, fue incendiar varias haciendas de blancos. Solo así su nombre trasciende la historia.

Ahora, nuestro artículo parte del testimonio de una mujer auxiliar de enfermería de un pueblo del Chocó, de ese departamento olvidado por tantas décadas perdido en la selva húmeda, de alta lluviosidad (una de las más alta del mundo) que ha vivido una difícil situación de orden público con desplazamientos campesinos, masacres y ejecuciones por parte de los grupos violentos. En donde el 79,7% de la población tiene las necesidades básicas insatisfechas, siendo el departamento más pobre de Colombia y su Índice de Desarrollo Humano el menor del país.

Ella, Agustina, trabaja en un pequeño hospital de cuyo nombre no se acuerda el sistema de salud. Si bien es cierto, problemas existen en todo el país incluso en las grandes capitales, en el Chocó y en particular en este pueblo la deuda de salarios, prestaciones, cesantías, recargos dominicales, festivos y nocturnos con el personal de salud data del 2013. Para subsanar estas deudas el gobierno nacional creó el Fondo de Salvamento que finalmente tampoco ha podido saldar estas deudas, ni salvar este hospital del abandono.

Pero como dice Agustina: no es que trabajemos sin que nos paguen, ¡es que se demoran! Mientras ello ocurre, tiene que acudir a los prestamistas que le dan crédito con intereses del diez, siete o cinco por ciento, según sea el monto. Junto con sus otras compañeras han tenido que acudir a otras estrategias de sobrevivencia como la venta de productos por catálogo que se reparten entre ellas para no competir entre sí. Catálogos de Ebel, Avon, Yanbal circulan entre sus vecinas que quieren lucir bellas con el colorete o el esmalte que les pagan en pequeñas cuotas. Cuando la situación está muy crítica restringen sus comidas disminuyendo la frecuencia y la cantidad. Para su fortuna, como ella dice, sus hijos ya están grandes.

A pesar de tener que acudir a estas estrategias de sobrevivencia, Agustina es de las pocas trabajadoras de planta (carrera administrativa) en el hospital, condición que la convierte en afortunada, tanto que no se le ha pasado por la cabeza retirarse porque no tiene otras  posibilidades, sus vecinas viven del rebusque y están peor que ella. Sin embargo, dice, su trabajo lo hace con gusto y responsabilidad.

En este centro asistencial atienden seis médicos, dos enfermeras una de las cuales presta su servicio social obligatorio, una odontóloga, una bacterióloga, seis auxiliares y personal de aseo. Si,  la mayoría son mujeres como lo es el personal de salud en el país. ¿Casualidad que esté tan mal valorado?

Ahora para la preparación de la llegada del Covid, que ven aun solo en las noticias, han llegado algunos elementos de protección que ha enviado Positiva, la aseguradora de riesgos laborales, pero no son los que realmente van a proteger a este personal de contagio. Son batas de cirugía, tapabocas normales y una careta de acetato que no se ajusta a la cara. Recibieron alguna capacitación de la misma aseguradora que más bien es de carácter informativo.

Hace varios años, sindicatos como Andec y Anthoc han llegado para afiliarlos pero es poco lo que realmente han conseguido para mejorar las condiciones descritas. Sin embargo, Agustina observa cómo los médicos se reúnen con el director del hospital y el secretario de salud del departamento y aunque nunca sabe el resultado de estas conversaciones ella intuye que las deudas con este personal son inferiores a las del resto del personal. Junto con las otras compañeras y compañeros han realizado varios mitines y para reclamar sus derechos y dar a conocer la situación ante la población de su municipio. Eso han hecho hace muchos años, pero sus esperanzas se desvanecen cuando ven que sus protestan no tienen ningún efecto y vuelven a la rutina y la desesperanza.

Agustina como la mayoría del personal de salud, ven que esta pandemia llega irónicamente con alguna oportunidad para ellas, tal vez ahora su situación sea reconsiderada y los esfuerzos que hace el gobierno para atender las deudas históricas del sistema con el personal de salud en el país, alcance a llegar a este municipio perdido en la selva.

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